El carnaval no es un modelo perfecto de "fiesta alegre".
Alegres son las vacaciones, alegre puede ser una salida a
bailar, un asado, el recreo escolar. El carnaval está
lleno de melancolía, de tensión, de nervios,
de envidias, de frustración. De energías liberadas
de golpe, como en una explosión. Es, en cierto modo,
una forma muy terapéutica de descargar presiones acumuladas.
Los murguistas disfrutan cuando la letra que cantan hace reír
a la gente, pero más disfrutan cuando hace emocionar
al público y —especialmente—, a ellos mismos.
No me parece aventurado afirmar que el cuplé es para
el público, y la retirada para los murguistas. Porque
el cuplé es una cosa más del momento, y la retirada
es eterna, conmovedora, y sobre todo eternamente conmovedora,
que no es lo mismo. Las canciones que quedan en la memoria,
son retiradas, donde todos lamentan tener que partir.
Seamos sensatos, a nadie puede poner tan triste terminar una
simple actuación en medio del carnaval, cuando capaz
que hay que hacer otra diez minutos después. Los murguistas
necesitan exteriorizar su tristeza intrínseca, y lo
de la partida es una excusa. Es así. En todo caso,
si nos ponemos en antropólogos, podría decirse
que una vez exorcizada la tristeza por medio del ritual de
la despedida, el murguista está en condiciones de recuperar
su alegría. ¿Y dónde vivencia (ahora
uso vocabulario de psicólogo) plenamente esa alegría?
En la banadera que lo transporta de un tablado a otro. Porque
en toda despedida que se precie de tal, se canta algo así
corno "nos vamos, pero volveremos". Ese "volveremos"
no se lo dice la murga al público como la madre al
niño ("mamá va a salir un rato, pero después
vuelve"). Nada de eso; la gente es grande. La murga se
lo recuerda a sí misma, para que el sufrimiento de
la despedida no pase de ser un sufrimiento, justamente, ritual.
Los murguistas no son tan adultos cuando están sobre
el escenario, y precisan unos mimos de mamá murga.
¿Y para qué quieren volver los murguistas? Para
poder despedirse una vez más, y otra, y otra, aumentando
la vana ilusión de que será así hasta
la eternidad.
De vez en cuando un murguista intenta escapar de ese círculo
y dice: "No salgo más". Entonces se despide
con mucho más intensidad que habitualmente (tal vez
sea eso lo que busca, en realidad, con su decisión).
Y al poco tiempo allí está de nuevo. El carnaval
es una droga que genera acostumbramiento (de ahí la
necesidad de aumentar la dosis de melancolía diciendo
que éste es el último año), un fuerte
síndrome de abstinencia, y frecuentes recaídas.
No puedo terminar este capítulo sin mencionar las curiosas
asociaciones que realicé al escribirlo entre temas
tales como: el complejo de Edipo, el miedo a la muerte, la
necesidad de autoperpetuación a través de la
reproducción e incluso la teoría del gen egoísta.*
Obviamente, no voy a ponerme a hablar de todo eso, porque
(aparte de ser un poco atrevido de mi parte) sería
ir demasiado lejos en un libro sobre carnaval. Pero sirve
para ilustrar lo siguiente: cuando uno está dedicado
a escribir el repertorio de una murga, tan amplio y abarcativo,
a menudo se ve asaltado por asociaciones de cualquier tipo,
la mayoría de las cuales deben ser descartadas (por
más interesantes que resulten) para que la actuación
no corra el riesgo de ser un plomazo, y —previo a ello—
para que los murguistas no se vean tentados a colgar al letrista
precisamente de los órganos encargados de su autoperpetuación.
*Una idea de Richard Dawkms que sitúa (en el marco
de la teoría de Darwin) al gen como unidad básica
de selección, en contraposición con otras que
proponen que esa unidad es el individuo, o la población.