Federico siente el tiempo punzando el reloj. Lo siente
en el ómnibus, que devora con lentitud el asfalto. Lo siente
bajo sus pies al rozar el suelo del Parque, que lo mira alejarse hacia
el Teatro. Ómnibus, asfalto, parque... todo parece dormido. Pero
allá, en el Teatro, el reloj sigue descontando minutos. Federico
sabe que cada segundo que avanza para él, es uno menos para ver
a la murga de sus amigos. Por eso corre, por eso sus pies caminan más
rápido que las agujas.
Dentro del Teatro, La Bohemia actúa para una multitud que se
agolpa en las gradas y las escaleras. Al bajar del escenario, un colchón
de gente los recibe entre flashes y aplausos... Julio Julián
deja caer su sombrero sobre un niño que le pide una foto. Junto
a los murguistas, la brillantina en la cara de las muchachas delata
los pasos del beso.
Martín Fernández, un joven que integra la murga desde
el año pasado, lleva la sonrisa pintada debajo del maquillaje.
“Esto es una responsabilidad terrible”, dice mirando al
escenario, ahora hueco. “A pesar de que estuvimos a primera hora
el Teatro ya estaba repleto, ¡no se podía ni caminar! Y
bueno, creo que la actuación salió bastante bien”.
Todavía puede verse a sus compañeros abriéndose
paso entre la gente... como puntos brillantes, iluminando el mar de
personas.
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