Haciendo escuela
¿Cómo surgió el viaje a Francia?
C.S.: La federación de músicos de Francia tenía un proyecto, y a mediados en la primera semana de febrero, en pleno Carnaval, aparecieron por acá a buscarme para hacerlo. El proyecto era enseñar la murga en las escuelas públicas de Francia. Visitar nueve regiones, unos dieciocho o veinte departamentos. Eso significaba cien ciudades, y un trabajo de tres meses.
Llevé un grupo de compañeros conmigo: Pablo, Mónica y Fernando. Llevamos los talleres y llevamos distintos espectáculos, uno para niños, uno musical, y además uno para todo público.
Pero además de dar talleres en la escuela pública le dábamos talleres a los profesores de música de Francia, para que luego de venirnos nosotros siguieran con la enseñanza de la murga.
Lo importante eran los niños, porque los niños son los mismos en África, en Europa, en América... los niños son todos iguales. Tratamos de ir más allá de la barrera del idioma y del traductor, al que tratábamos de pasarle por encima porque les enseñamos a cantar en español. Y bueno, ver a los gurises francesitos cantando en español canciones de murga era toda una fantasía, una magia. Te emocionaba cada vez que lo veías, y lo hacíamos todos los días. Cada vez que lo hacías te emocionabas otra vez.
Los niños en Francia empiezan a los cinco o seis años la primaria, y la terminan a los diez o a los once, y nosotros hicimos toda la escala de edades. Entonces también nosotros teníamos diferente funcionamiento; no es lo mismo tener un niño de primer año que tener un niño de quinto. Nos manejamos de forma diferente, pero el resultado era siempre el mismo. Fue muy fue agotador, y fue durísimo, porque viajábamos permanentemente. Prácticamente teníamos un día a la semana de descanso, y después estábamos las 24 horas al servicio de la federación. Las distancias eran larguísimas, pero a fuerza de hacerlo nos acostumbramos. Y fue una maravilla la fraternidad. Descubrimos un país del primer mundo en una convivencia de tres meses, no en un paseo, lo hicimos trabajando.
Nos trataron con mucho cariño, con mucho respeto. Los músicos franceses siguen hurgando en el mundo, siguen buscando otras músicas. Ahora encontraron el candombe, y la murga. También escuché músicas africanas, que las traen de las raíces de África para enseñárselas a sus gurises.
Y bueno, nos quedó la satisfacción de haber hecho un excelente trabajo, es decir, un trabajo profesional, y posiblemente si el proyecto sigue funcionando como está planteado en la federación de músicos de Francia, en pocos años veremos cantando murga a los franceses. Porque ellos también saben que la murga uruguaya es un testimonio de la historia. Yo les contaba que si tomáramos Araca la Cana como ejemplo, que ya pasó los 70 años, y tomamos los 70 libretos, seguramente le estaríamos contando la historia al país. La murga es un espejo de la sociedad. Que la murga uruguaya tenga la bandera del pueblo izada, que sea un mediador entre las dolencias y las desventuras del pueblo con el gobierno de turno, que sea el mediador y el denunciante de esas desventuras. Entonces ellos se enamoraron de eso, como a mí me enamoró ir a enseñar murga a las escuelas. Por eso acepté casi de inmediato, porque me pareció brutal que pudiéramos llevar a la murga -a esta cosa que todavía seguramente es sobreestimada por algunos- a otra cultura, y que ellos lo tomaron como una cosa muy fuerte para la sociedad francesa y nos permitieran hacer todo lo que hicimos.
Me imagino que debe haber sido una experiencia muy fuerte, porque la murga es un fenómeno que desde hace muy poco está entrando en las escuelas de nuestro país y de pronto se tomó de una forma más significativa en las escuelas de Francia… ¿Cómo ves ese fenómeno?
C.S.: Lo que pasa es que el carnaval era un divertimiento en el Uruguay, hasta que en los años 60` se convulsiona todo con una guerra civil. A partir de los 70`, cuando soportamos trece años de gobierno dictatorial, la murga pasó a ser una necesidad para la sociedad. Y a partir de los 80`, donde ya la dictadura se caía a pedazos, era “de onda” que también la burguesía tuviera en su casa un disco de murga, porque la murga era la onda. Y la murga perteneció a la resistencia, todo el mundo lo sabe. El carnaval entero perteneció a la resistencia. Nacieron los entredichos famosos y las situaciones que daban lugar a que el carnaval fuera la única voz que quedaba en el aire, y creo que la murga ahí en ese momento se gana el derecho social de pertenecer a la música popular del país. Se lo gana trabajando, se lo gana poniéndole el pecho a las balas. Esa fue la murga en el 70` y a principios de los 80`.
El carnaval hoy sigue manteniendo la misma línea que se hizo a partir de mediados del 60` y 70`. Hoy la murga ya es parte de el panorama social, y creo que se lo ganó a pulmón, en defensa de lo que cree, en defensa de su música y de sus principios.
Volviendo a lo que fue la experiencia en Francia; ¿qué te guardás de ese país?
C.S.: Muchísimas cosas. La imagen es un hermoso país, un montañoso y hermoso país. Estuvimos dando clases a 1.500 metros de altura y viviendo en los Alpes a 1.200 metros de altura. Tomamos mate al sol viendo las montañas, esos picos blancos por la nieve. Y hasta estuvimos en Bayona, en los Pirineos atlánticos en el País Vasco de Francia, y aprovechamos y cruzamos a España además, a San Sebastián. La historia de Francia te pega en la cara; ir al este y visitar la Línea Maginot, que tuvo toda una trascendencia en la Segunda Guerra Mundial, o visitar una ciudad amurallada que hoy sigue tan nueva como cuando la hicieron en la edad media. Y París... hay un adagio de cuando yo era joven que decía “ver París y después morir”. Y yo creo que es cierto. Yo vine enamorado de España cuando fui con la murga, pero París es algo descomunal. Porque ya te digo, la historia vive en sus paredes. Hicimos un paseo inolvidable por el Río Sena en un barco turístico, y como es como ellos dicen, el Río Sena es la avenida más transitada del mundo. Visitamos lugares históricos, todos los lugares históricos que son muchísimos, que precisaría mucho más de tres meses para hacerlo. En los tres meses estuvimos cuatro veces en París, incluyendo la última semana. Anduvimos en el Louvre, el histórico museo francés. Fuimos hasta las puertas -no entramos porque eran carísimo- del Moulin Rouge, del viejo Moulin Rouge. Fue una fantasía brutal, que no sólo la traés en tu memoria sino que también en tu retina, porque cerrás los ojos y ves las imágenes. Y nos venimos felices, felices porque sabemos que cumplimos un buen trabajo y que tuvimos la posibilidad de estar tres meses en ese magnífico país que es una maravilla. Vinimos llenos de imágenes y llenos del afecto de la gente. Inclusive la última semana nos hizo una recepción el embajador uruguayo en Francia, y estuvimos en la embajada con el embajador. Esa última semana estuvieron a nuestra disposición, porque actuamos un día antes de venirnos en el pabellón Balthar, que es un lugar de 150 años de antigüedad, donde compartimos el escenario con el cubano Raúl Paz.
Ahí fue la fiesta del fin del proyecto, el fin de los tres meses. Viajó muchísima gente del interior porque habíamos estado en sus escuelas, un coro de 300 niños. La embajada estuvo presente allí, estuvieron con nosotros permanentemente hasta que nos vinimos, inclusive nos acompañaron hasta el aeropuerto. Es bueno que cuando un artista sale tenga las autoridades de su país al lado, cuando fuimos a España estábamos como guachos, pero esta vez no. Y hace muy bien eso.
Todo indica que Araca va a volver a Francia en algún momento…
C.S.: Quedó planteado todo, porque creo que la tarea que hicimos se debe seguir, si no es con nosotros será con alguien más. Saben que nosotros estamos a las órdenes, que tendríamos que rever un montón de cosas -porque tres meses es mucho tiempo también para estar fuera de tu casa, y de tus afectos, y de tu trabajo- pero sí es posible, en lo personal creo que es muy posible que volvamos, y si no somos nosotros ojalá que sean otros igual.